Revista Internacional de Poesía : "Poesía de Rosario" Nº 20
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Roma: el último viaje de John Keats

Empezaban a hablar de Italia. Sería excelente que te fueras allá, el aire es tan fortificante. Otro invierno en la isla puede acabar contigo mientras que la dulzura del clima toscano ....

[...] Desde la ventana de su aposento, que daba directamente a la escalinata de Trinità dei Monti, él vería los peldaños como quien, desde el pretil del puente, ve resbalar la cinta del río. Hombre de ríos, de aguas, amigo de acuarios y algas, John pudo pensar de su pequeño panorama de encierro lo que un siglo después diría tan bien Jean Cocteau: “La casa de Keats presa en las escaleras de la Plaza de España como un molino en una cascada”.

Julio Cortázar

Imagen de John Keats (1)

 

 

Roma es, sin dudas, una ciudad generosa en monumentos que guardan, entre sus muros, la memoria del esplendor y la caída de un imperio:: ruinas, palacios, iglesias, mausoleos, abundan por doquier en las calles de la gran capital. Cualquier turista, proveniente de cualquier lugar del mundo, sabe de antemano qué sitios son ineludibles si lo que quiere es sentir apenas un ramalazo de esa historia. Pero, haciendo honor a la verdad, no sólo los monumentos sino también los espacios abiertos, las plazas con sus fuentes, tienen el sabor de alguna historia y no pocos recuerdos. Uno de esos lugares, entre los más concurridos de la frenética y ruidosa Roma, es la famosa Piazza de Spagna; día y noche, una abigarrada multitud de turistas se concentra en la plaza después de descender la ancha e interminable escalinata, en cuya parte más alta se levanta, desde el siglo XV,, la iglesia de Trinità dei Monti.

 

La escalinata, una pasarela que ostenta el gusto por el barroco, es actualmente un lugar que convoca a artesanos de todo el mundo, vendedores de joyas y de piezas de arte. Pero, no todo es brillo y ostentación. Al pie de la escalinata, sobre la derecha, se encuentra una construcción sencilla, que parece ajena a las miradas de los incautos turistas: una casa pequeña, de dos pisos, exactamente en el número 26 de la Piazza de Spagna. Ahí vivió el poeta inglés John Keats los últimos tramos de su vida, junto a su amigo Joseph Severn, y allí murió, en febrero de 1821. Fue a buscar un clima más apto para la tuberculosis y a ponerse al cuidado del doctor James Clark, el médico que, desde su arribo a Roma, lo trató con devoción. Conocía su historia y tenía un interés y una admiración especiales por la poesía.

 

Ahí, en la Piazza misma, en la escalinata, junto a la gran historia de Roma, uno puede imaginar, como lo hiciera Cortázar, la pequeña y breve historia de ese joven inglés, su estadía en la gran capital: evocar su figura frágil subiendo lentamente la escalinata, apoyado en el brazo de Severn, sentándose en los peldaños a descansar cuando su respiración entrecortada no le permitía continuar; la vista dirigida hacia la ventana de su habitación como presagiando que, en poco tiempo, su mirada tendría una dirección inversa definitivamente; así pueden haber sido los paseos  – piensa el autor de Rayuela - y cuando sus fuerzas menguaron, miraría por la ventana

 

[...]largamente cada piedra, cada lienzo de pared, escuchando los juegos domésticos en las otras ventanas, en las casas de enfrente, los pregones callejeros [...].Las muchachas lo contemplarían compadecidas, comprendiendo por la devastación del rostro y el oscuro fuego de las pupilas, que aquel hombre pequeño y pensativo estaba allí como reflejo de otra vida lejana [...] (Cortázar 2004, 634).

 

Desde 1903, la casa es un pequeño museo, la Keats-Shelley Memorial House: en la planta alta, se encuentra la habitación del poeta inglés con su mobiliario prácticamente intacto,  sus cartas y documentos, sus libros, los retratos de sus seres queridos y de sus amigos íntimos, así como las obras de algunos de sus contemporáneos, como Percy Shelley, Lord Byron y Leigh Hunt, y una librería que tiene aproximadamente diez mil volúmenes. En la amplia sala que precede los lugares más íntimos de Keats, se encuentra un libro de visitas donde el visitante puede firmar y escribir los sentimientos que le despierta ese contacto tan cercano. Resulta difícil expresar el cúmulo de emociones que suscita el encuentro con lo que ha sido la privacidad y la intimidad del poeta; pasar del reino de sus obras a ese otro reino donde vivió y sufrió mientras aguardaba la muerte, es como recibir un flujo de energía, de su energía que, aun en la ausencia, denota una presencia y una complicidad inefables.

 

Y después de visitar ese museo casi secreto, en Roma, se puede elegir alejarse del bullicio de la plaza hacia el cementerio Protestante, donde descansan los restos de Keats, junto a los de otros poetas románticos. Detrás de la enorme pirámide de Cayo Cestio, en el número 6 de la vía que lleva el mismo nombre, se encuentra este lugar tan sugestivo y agradable: el Campo Cestio. Si por razones de tiempo o desconocimiento, se llega a él fuera del reglamentario horario de visitas, se podrá ver su tumba, bordeada de plantas y flores, desde una de las aberturas en los altos muros que rodean el cementerio. Sabemos que, poco antes de morir, Keats había manifestado el deseo de que en la lápida no apareciera ningún nombre, sólo una frase a modo de  epitafio: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”; sin embargo, Severn, su amigo y enfermero durante su estadía en Roma, y Charles Brown, amargados por el tratamiento que “sus enemigos”  le habían dado a la poesía de Keats, adicionaron el resto de la inscripción (ver foto ampliada) que probablemente el autor de Oda a un ruiseñor no hubiera compartido. Por encima de la inscripción se esculpió una lira griega con cuatro de sus ocho cuerdas rotas como símbolo del genio poético que la muerte tronchó antes de haber llegado a la madurez.

Roma fue para Keats un sitio de paso donde debió temblar

 

[…] pensando en la cercanía de una belleza tantos años ansiada y que ya no sería suya. Miguel Ángel, Rafael, los mármoles del Campidoglio, las columnas y los frescos. Tener de ellos el recuerdo imaginario, la construcción mental de los días de Hampstead, y carecer ahora de fuerza y deseo para hacerlos suyos, para alzar los ojos al techo de la Sixtina, para apoyar los dedos en el torso de Praxíteles, en el muslo del galo herido [.. ](Cortázar, 6359)


 


(1) Véase Julio Cortázar, Imagen de John Keats;  Buenos Aires: Suma de Letras Argentinas; p. 633. 

 Amalia Pati






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