Revista Internacional de Poesía : "Poesía de Rosario" Nº 20
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Horacio Castillo


HORACIO CASTILLO: A UN AÑO DE SU MUERTE

 

Por César Cantoni 

 

 

 

Horacio Castillo nació en Ensenada el 28 de mayo de 1934 y murió en La Plata el 5 de julio de 2010. Fue poeta, crítico, ensayista, traductor, abogado, periodista y miembro de número de la Academia Argentina de Letras y correspondiente de la Real Academia Española. Su obra poética recibió los más altos elogios de la crítica y lo hizo acreedor de importantes premios, entre ellos: Premio de la Subsecretaría de Cultura de la Nación (1972), Premio Nacional, Región Buenos Aires (1978), Premio Konex (1993) y Premio Municipal de La Plata (1995).

Castillo se da a conocer publicando “Descripción” (1971), pero es en “Materia acre” (1978), su segundo libro, donde empieza a asomar su verdadera identidad creadora. Luego seguirán “Tuerto rey” (1982), “Alaska” (1993), “Los gatos de la Acrópolis (1998), “Cendra” (2000), “Música de la víctima y otros poemas” (2003) y “Mandala” (2005), este último, un extenso y hermético poema con el que su autor cierra definitivamente una obra concebida, según sus propias palabras, como “un drama del lenguaje”, con su planteo, su desarrollo y su desenlace. A lo largo de ese drama, la poesía de Castillo va evolucionando hacia formas cada vez más complejas, al tiempo que da cuenta de la angustia y la fragilidad humanas con hondura metafísica. Quizá, su inclinación a enmascarar la realidad mediante el recurso de la alegoría, que lo induce a componer curiosos mitos personales o a recrear episodios de la literatura clásica –en particular de la griega–, sea lo que más diferencia a Castillo de sus colegas contemporáneos. Como él mismo lo explicó alguna vez, dicho recurso se funda en la necesidad de “abstraer” al objeto del poema, despojándolo de todo rasgo accesorio o contingente a fin de presentarlo al lector en su “pura esencia”.

Si bien sus primeros poemas denotan cierto pesimismo existencial, también es verdad que Castillo siempre buscó asignarle a la vida alguna trascendencia, movido, acaso, por la luminosidad del mundo helénico, que tanto dominó su pensamiento. De esta manera, su poesía se fue impregnando, poco a poco, de júbilo creciente, hasta augurar una “primavera” de resurrección “que abolirá todo invierno”, como se desprende de “Diario bizantino”, poema incluido en “Los gatos de la Acrópolis”.

No obstante, a medida que se acerca a la luz, Castillo marcha hacia el silencio. Prueba de ello es “Mandala”, su poema final y más insospechado, en el que la persecución de un lenguaje absoluto que le permitiera expresar lo inefable y que llamó “lo neutro”, lo lleva al extremo de tachar la palabra “palabra” para que sean “las cosas mudas”, como diría Hugo von Hofmannsthal, las que hablen, finalmente. Con este poema, el poeta alcanza una conciencia límite que le impedirá, en adelante, seguir avanzando por el camino del lenguaje y, mucho más aún, desandar el recorrido.

Sin duda, Castillo es hoy una de las voces referenciales de la poesía escrita en el último medio siglo en la Argentina y, por ende, en La Plata, ciudad que adoptó como suya desde joven y cuya prestigiosa tradición poética se ve, de este modo, engrandecida con su obra.






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